EDITORIAL / 002
Lo que cuesta llegar
Sobre trabajo, ambición y aprender cuándo parar

Madrid está casi en silencio.
No completamente. Nunca lo está.
Un autobús dobla la esquina. Una persiana metálica cae a lo lejos. Quedan conversaciones dispersas en la calle y dos vasos sobre la mesa. El café lleva demasiado tiempo frío.
—Entonces, ¿qué hiciste?
—¿Cómo que qué hice?
—Todo este tiempo. ¿Qué hiciste?
Podría responder con trabajos, ciudades, contratos, cifras. Contar los años como estaciones de metro.
Pero ninguna respuesta parece suficiente.
—Trabajé.
—Eso ya lo sé.
—No. Trabajé de verdad.
Silencio.
—Trabajé cansado. Trabajé sin saber siempre para qué. Cuando apareció una oportunidad, fui por ella. Después llegó otra. Y otra. Siempre parecía existir un escalón más.
—¿Y subiste?
—Casi siempre.
—Entonces te fue bien.
Sonríe.
—Supongo.
—No pareces convencido.
Mira hacia la calle.
—Es extraño. Al principio solo quieres una oportunidad. Después quieres demostrar que la mereces. Luego quieres crecer. Después ganar más. Y cuando ganas más descubres que también puedes gastar más, deber más, preocuparte por más cosas.
—Eso es lo que conseguiste. Te pregunté qué hiciste.
Esta vez tarda más.
—Me esforcé.
—Eso está mejor.
—Mucho.
—¿Valió la pena?
La respuesta llega demasiado rápido.
—Sí.
—¿Seguro?
—Sí.
—Entonces, ¿por qué estamos hablando de esto?
Mira otra vez hacia afuera.
—Porque no sé cuánto tiene que costar algo para seguir diciendo que vale la pena.
El otro no responde.
—El trabajo me gusta —continúa—. Nunca lo he visto solamente como dinero. Me gusta saber hacer algo. Resolver un problema. Sentirme útil. Aprender. Construirme.
—Y ganar dinero.
—También.
—Todo el posible.
Se ríe.
—Claro.
—¿Y qué tiene de malo?
—Nada.
—Entonces seguimos sin problema.
—No exactamente.
El café sigue enfriándose.
—El dinero resuelve muchas cosas.
—Pero no todas.
—Exacto.
—¿Las deudas?
—El dinero las resuelve.
—¿La distancia?
Niega.
—¿Los años?
Otra vez.
—¿Las cosas que no viste?
Silencio.
—No.
—¿El tiempo?
—Tampoco.
Se acomoda en la silla.
—Tampoco quiero convertirme en alguien que dice que el dinero no importa. Claro que importa. Intenta ayudar a alguien cuando tú mismo estás ahogado. Intenta decirle a los tuyos que todo va a estar bien cuando ni siquiera sabes si tú estarás bien.
—Entonces quieres dinero.
—Quiero poder elegir.
—Eso es distinto.
—No tanto.
—Muchísimo.
Lo mira.
—Explícame.
—El que quiere dinero siempre puede querer un poco más. El que quiere elegir necesita saber para qué quiere elegir.
La frase queda flotando.
—¿Para qué?
No necesita pensarlo.
—Quiero que los míos estén bien.
—¿Cómo?
—Que puedan venir. Que yo pueda volver. Comprar un vuelo sin hacer cuentas durante tres meses. Poder decir: ven, yo lo pago. Poder ayudar.
—Una promesa.
—Sí.
—¿A quién?
—No sé.
—Sí sabes.
Baja la mirada.
—A ellos. A mí. Supongo que a todos.
—¿Y cuándo se cumple?
—¿Qué?
—La promesa.
No responde.
—¿Con qué cantidad?
—No funciona así.
—¿Con qué puesto?
—Tampoco.
—Entonces, ¿cómo sabrás que llegaste?
—No lo sé.
—Ahí está el problema.
Otra persiana baja en algún lugar.

—Quizá nunca llegue.
—Exactamente.
—Eso suena deprimente.
—Solo si pensabas que la vida empezaba cuando llegaras.
Silencio.
—Creo que hice eso.
—¿Qué cosa?
—Posponer.
—¿Qué?
—No sé. Vivir.
—Has vivido bastante.
—Sabes a qué me refiero.
—No. Dímelo.
Suspira.
—Después de esto. Después de aquello. Cuando termine. Cuando pague. Cuando gane más. Cuando esté estable. Cuando tenga tiempo.
—Cuando.
—Sí.
—Una palabra peligrosísima.
Sonríe.
—Supongo.
—¿Y dónde te quedaste?
La pregunta parece extrañarle.
—¿Dónde me quedé?
—Sí.
Piensa.
—En la rutina.
—Eso es un lugar.
—Trabajo. Casa. Problemas. Resolver. Volver a empezar.
—¿Solo?
—Bastante.
—¿Te molesta?
—A veces.
—¿Te conoces?
Se ríe.
—Demasiado.
—No pregunté si sabes cosas sobre ti.
La sonrisa desaparece.
—Estoy aprendiendo.
—¿Y qué has aprendido?
Busca la respuesta en la mesa, en la calle, quizá en ninguna parte.
—Que no quiero dejar de ser ambicioso.
—Bien.
—Pero tampoco quiero que mi vida sea exclusivamente perseguir cosas.
—Bien.
—Quiero trabajar.
—Bien.
—Quiero ganar más.
—Bien.
—Quiero crecer.
—También.
Se impacienta.
—Entonces, ¿cuál es el punto?
—Que llevas toda la conversación intentando escoger entre dos vidas que quizá nunca estuvieron enfrentadas.
—¿Cuáles?
—La del hombre que trabaja y la del hombre que vive.
Silencio.
—¿Entonces?
—Gobernarlas.
La palabra le interesa.
—Gobernar.
—Sí.
—Yo pensaba en libertad.
—La libertad sirve de poco si no sabes qué hacer con ella.
—Entonces claridad.
—Más cerca.
—Templanza.
El otro sonríe.
—Mucho más cerca.
Mira el vaso.
—Poder trabajar y también parar.
—Sí.
—Poder escuchar un disco entero sin sentir que estoy perdiendo el tiempo.
—Sí.
—Correr.
—Corre.
—Hacer fotos.
—Hazlas.
—Escribir.
—Escribe.
—Crear algo aunque no produzca dinero.
—Especialmente eso.
—Estar con mi familia.
—Cuando puedas estar, estate.
Asiente.
—Dormir bien.
—Sería revolucionario.
Los dos se ríen.
Después vuelve el silencio.
—Hay algo más.
—Claro.
—Me da miedo aflojar.
—¿Por qué?
—Porque todo lo que tengo lo conseguí apretando.
Esta vez el otro no responde inmediatamente.
—¿Y si paro y dejo de crecer?
—¿Quién ha dicho que tienes que parar?
—Estás diciendo que…
—No. Tú escuchas “no destruirte” y entiendes “conformarte”.
La frase duele un poco porque es reconocible.
—Mi problema nunca ha sido trabajar poco.
—No.
—Ni falta de ambición.
—Tampoco.
—Entonces, ¿qué?
—Quizá cuando tienes miedo, cansancio, incertidumbre o culpa utilizas siempre la misma herramienta.
—Trabajar.
—Trabajar más.
—Funciona.
—Por eso es peligrosa.
Lo mira.
—Las herramientas que no funcionan se abandonan rápido. Las que funcionan para casi todo terminan utilizándose incluso donde no deberían.
No responde.
—Entonces, ¿qué hago mañana?
El otro sonríe.
—Ahí estás otra vez.
—¿Qué?
—Convirtiendo una conversación sobre tu vida en una lista de tareas.
También sonríe.
—Deformación profesional.
—Probablemente.
—Pero en serio.
El otro bebe agua.
—Mañana te levantas. Trabajas. Haces bien tu trabajo. Comes. Avanzas lo que tengas que avanzar. Te mueves un poco. Hablas con alguien que quieras. Escuchas algo. Duermes.
—Esperaba algo más grande.
—Ese es precisamente el problema.
—Pensé que ibas a decirme que mañana me rompiera el culo.
—Eso ya sabes hacerlo.
Se quedan mirando la calle.

—Entonces, ¿qué?
—Trabaja por la vida que quieres construir.
—Suena menos heroico.
—Quizá ya no necesitas ser el héroe de todo.
Mira la hora.
Es tarde.
—Una última pregunta.
—Dime.
—¿Qué crees que va a pasar?
El otro piensa.
—Vas a seguir creciendo.
—¿Seguro?
—Probablemente.
—¿Y después?
—Vas a querer crecer otra vez.
Sonríe.
—Sí.
—Y algún día llegará una oportunidad enorme. Más dinero. Más responsabilidad. Más reconocimiento.
—Suena bien.
—Y también te pedirá algo.
—Todas lo hacen.
—Entonces tendrás que hacer una pregunta diferente.
—¿Cuál?
—Cuánto cuesta.
—¿Y si vale la pena?
—Pagas.
—¿Y si no?
El otro mira hacia la ventana.
—Quizá por primera vez puedas decir que no.
Silencio.
—Eso también sería crecer.
Se levanta.
Durante un instante, el cristal devuelve las luces de Madrid, las mesas vacías y su propia silueta mezclada con la noche.
Busca con la mirada algo que ya no está seguro de haber visto.
Después recoge la chaqueta.
Sale.
Madrid continúa haciendo ruido.
Por primera vez en mucho tiempo no piensa en cuánto falta para llegar.
Piensa en cómo quiere caminar.
Editorial
Quizá crecer no consiste en dejar de querer más.
Quizá consiste en aprender qué cosas merecen el precio que exigen.
Hay personas que pasan media vida intentando demostrar hasta dónde pueden llegar. Trabajan, suben, aprenden, fracasan, vuelven a intentarlo. Y un día descubren que la pregunta ha cambiado.
Ya no es:
¿Hasta dónde puedo llegar?
Es:
¿Qué quiero conservar de mí cuando llegue?
La ambición no tiene que desaparecer.
Tampoco el trabajo.
Ni el dinero.
Ni el deseo de cuidar a los tuyos.
Pero llega un momento en que avanzar deja de significar solamente subir.
A veces avanzar es dormir.
Decir que no.
Escuchar un disco completo.
Correr sin estar huyendo.
Mirar una fotografía durante más de cinco segundos.
Comprar una obra porque algo en ella te hizo detenerte.
Volver.
Crear algo que quizá nunca produzca dinero.
Estar.
Elegir.
Tal vez eso sea la templanza:
tener suficiente fuego para seguir avanzando y suficiente gobierno sobre uno mismo para decidir qué merece arder.
Madrid, septiembre de 2026.